sábado, 6 de diciembre de 2008

La boda de Rachel (2008) de Jonathan Demme

No veía una película de Jonathan Demme (Long Island, Nueva York, 1944) desde El silencio de los corderos (The Silence of the Lambs, 1991). Parece mentira porque hasta entonces lo había seguido, no sé si intencionadamente por los años que hace, pero había visto gran parte de su irregular carrera, desde El eslabón del Niágara (Last Embrace, 1979) a Casada con todos (Married to the Mob, 1988). Quizá no quise decepcionarme después de su obra maestra.

Hace unos meses, en el Festival de San Sebastián, Demme presentó su tercer acercamiento al genial Neil Young y La boda de Rachel (Rachel Getting Married, 2008) que ahora se ha estrenado entre nosotros.

El planteamiento de la película es bastante sencillo y nos recuerda a muchas otras, Kym (Anne Hathaway) asiste a los preparativos y a la boda de su única hermana (Rosemarie DeWitt), durante los cuales salen a la luz todos los problemas familiares latentes. Un ligero matiz es que se trata de una celebración interracial e intercultural, circunstancia que se ve con la máxima naturalidad, sin llegar a ser determinante en ningún aspecto.

Las bondades de la película no se basan en el correcto guion de Jenny Lumet, hija del estupendo director, si no en la puesta en escena, la música y las interpretaciones. El guion tiene momentos bastante convencionales e incluso ligeramente aburridos como la parte de los discursos después de la cena del primer día.

Demme elige la cámara en mano para rodar la práctica totalidad de la película, opción que puede parecer lógica o incluso obligatoria, pero que dota a la obra de autenticidad y la aleja del dramatismo al uso, convirtiéndola en un vídeo de los que se graban en medio mundo para nuestras celebraciones.

Respecto a los actores y la música, aquéllos destilan autenticidad -remarco al sufrido padre (Bill Irwin) y a la dolida Rachel- y Anne Hathaway se sale. Su interpretación duele hasta muy adentro, bravo por la joven neoyorkina. La música puntea, emociona y forma parte, se dice en algún momento, de todas y cada una de las escenas, no es un elemento adicional sino un protagonista más.

Los agradecimientos finales son, entre otros, a Roger Corman, que aparece en la fiesta final, y a Robert Altman, cineastas con y de los que aprendió este revitalizado Jonathan Demme.

Calificación: 6/10.

2 comentarios:

SALVATRON dijo...

Ciertamente yo también le había perdido la pista. Coincido contigo en lo de que es bastante irregular (parece que "El silencio de los corderos" pesa demasiado).

Castedo Merinero dijo...

Ha hecho últimamente varios documentales y algo de ficción, pero no he visto nada de él a pesar de que no ha parado.